
Alguna vez, una antigua suegra me regaló una Franklin-Covey y cual fue mi sorpresa que no solo es un organizador personal sino una especie de guía espiritual de superación personal muy al estilo Og Mandino, nada más alejado a mi cataclísmica personalidad. No puse una sola letra en ella.
A mis manos llegó después una agenda maya (tan mística que no recuerdo cómo lo hizo) y supuse que si me ponía en contacto con mis raíces ancestrales, me convertiría en un moderno chamán del orden y la organización… Negativo, no me ayudaron ni el Sagrado Jaguar ni el Chak-Mool, nuevamente expiró al año siguiente en blanco.
Pasé por la etapa de la Palm, tan deseado gadget, busqué exhaustivamente una que, según yo, llenaría mis necesidades (como si las tuviera) y me convertiría automáticamente en el yuppie exitoso de ‘Palm en mano’; no es que yo quisiera serlo, pero ¿Qué diablos veía todo el mundo en su Palm? ¿Qué cosa más allá de lo evidente se mostraba en su pantalla? Nunca descubrí el misterio y muy empolvada la encontré tres o cuatro años después, adivinaron… sin un solo contacto, cita o junta en su memoria.
Estoy haciendo el intento, el trabajo me lo exige y sufro gratis por no ser organizado, me estoy esmerando. Bajé un programita de Internet y ahí la llevo, me identifico mucho más con un organizador electrónico que con un montón de hojas de papel revolución, eso me parece muy hippie.
Reflexión: Si las cosas son olvidables… ¿Para qué las escribimos?
Hormigón.
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