
“Hágalo usted mismo”, ese es el lema que pretende levantar la autoestima de cualquier hombre en los Estados Unidos, pero en realidad se trata de la estafa más grande en la historia del ser humano desde que Dios creó a Eva para “acompañar” a Adán en su paso por este mundo.
La idea de que al hacer uno mismo las cosas se ahorra toneladas de plata, es un vil engaño. Desde armar un escritorio, un quemador de discos, una cuna para el bebé hasta un simple escurridor de vasos, todo lo que compras viene por piezas y reinventa el significado de las palabras “fácil y rápido”.
Hace unos días mi mujer decidió cambiar los muebles del baño y que para ahorrar dinero, yo me encargaría de armarlo. Al principio la idea no me pareció tan comprometedora, pues unir cuatro maderas con ocho tornillos, no es nada del otro mundo… o por lo menos eso pensé.
El instructivo del bonito mueble hecho en China efectivamente guía sin muchos rodeos al aprendiz de hombre multiusos en el armado del mismo, pero jamás menciona ni un pequeño consejo sobre cómo instalarlo en las tuberías de agua o en las cañerías. Luego de seis horas de fallidos intentos y de maldecir profundamente el momento en que acepté jugar a Bob el constructor, mi mujer se apareció con su cara de inmaculada inocencia para sentenciar “si no puedes, llamamos al plomero”.
Me tomó otras seis horas resignarme a aceptar ayuda y cuando el prepotente fontanero llegó, tardó solo 15 minutos en hacer lo que yo no pude. Al salir y luego de cobrarme el montón de plata que supuestamente me iba ahorrar, observé con odio (no sé si hacia mi, hacia él o hacia mi mujer) el eslogan en su camión de servicio “Solucionamos todo lo que su marido arregla”.
La idea de que al hacer uno mismo las cosas se ahorra toneladas de plata, es un vil engaño. Desde armar un escritorio, un quemador de discos, una cuna para el bebé hasta un simple escurridor de vasos, todo lo que compras viene por piezas y reinventa el significado de las palabras “fácil y rápido”.
Hace unos días mi mujer decidió cambiar los muebles del baño y que para ahorrar dinero, yo me encargaría de armarlo. Al principio la idea no me pareció tan comprometedora, pues unir cuatro maderas con ocho tornillos, no es nada del otro mundo… o por lo menos eso pensé.
El instructivo del bonito mueble hecho en China efectivamente guía sin muchos rodeos al aprendiz de hombre multiusos en el armado del mismo, pero jamás menciona ni un pequeño consejo sobre cómo instalarlo en las tuberías de agua o en las cañerías. Luego de seis horas de fallidos intentos y de maldecir profundamente el momento en que acepté jugar a Bob el constructor, mi mujer se apareció con su cara de inmaculada inocencia para sentenciar “si no puedes, llamamos al plomero”.
Me tomó otras seis horas resignarme a aceptar ayuda y cuando el prepotente fontanero llegó, tardó solo 15 minutos en hacer lo que yo no pude. Al salir y luego de cobrarme el montón de plata que supuestamente me iba ahorrar, observé con odio (no sé si hacia mi, hacia él o hacia mi mujer) el eslogan en su camión de servicio “Solucionamos todo lo que su marido arregla”.
Teporingo
2 comentarios:
¿Y qué hiciste con las piezas que te sobraron? Porque siempre sobran.
Estoy contigo a partir de ahora haremos tres cosas, o no escuchar a la mujer o no hacerle caso a la mujer o ignorar a la mujer cuando diga que armemos algo.
El Mortero
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