
Cuando una pareja se dice feliz y piensa en casarse, la parte más importante de esa ilusión es la luna de miel, pues es ahí donde se cimentará lo que será el resto de la relación. Hay algunas que son inolvidables y pareciera que duran toda la vida. También existen las que resultan un infierno y el matrimonio dura menos que un técnico de fútbol en la parte baja de la tabla.
La mía duró casi siete años. Siempre tuvimos algunos problemas, “estira y afloja” como dicen los mexicanos, pero la mayor parte la pasamos bien, disfrutando los placeres de la vida y permitiéndonos uno que otro exceso, pero siempre procurándonos lo más posible para no perder el hilo de nuestro romance.
Todo comenzó el martes 2 de mayo del 2000. Los doctores comentaron que mis niveles estaban por encima de los máximos vitales y que bajarlos, para como estaba mi organismo, sería casi un milagro. Sin embargo éste sucedió y a partir de ese momento inició lo que el endocrinólogo calificó como “una luna de miel con la diabetes”.
Por ahora –me dijo- no vas a tener muchos problemas y tal vez hasta puedas dejar de depender de las pastillas si logras mantener una dieta equilibrada, bajas de peso y haces ejercicio permanentemente. Podrás comer cosas que no debes, pero entre más rápido te desacostumbres a la comida con grasa o harinas, menos crisis tendrás. Este periodo de “luna de miel” con la diabetes durará algunos años, todo depende de cuánto te cuides, pero lo único seguro es que algún día se va a terminar y entonces sí, ya no habrá ninguna licencia en antojitos.
Así pues, un endocrinólogo marcó el inicio de mi dulce y glucoso romance, mientras que otro dictaminó el final de la luna de miel. A unos días de cumplir nuestro séptimo aniversario, para mayor exactitud el viernes 30 de marzo, este fue el dictamen: “He revisado tus últimos estudios y estás fuera de control. Tendré que subirte la dosis de los medicamentos y tendrás que ir a tomar unos cursos para convivir con la diabetes, estoy seguro que te ayudarán mucho”.
Ahora mi amante y yo dejamos los momentos felices y ante la imposibilidad del divorcio, tendremos que aprender a vivir uno al lado del otro… uno dentro del otro. Cada uno hemos hablado con nuestros abogados y estamos trabajando en conseguir el mejor acuerdo para seguir con nuestras vidas haciéndonos el menor daño posible.
La luna de miel terminó y ahora, como en las mejores contiendas, viviremos en guerra permanente con el otro. Yo tengo la guerra perdida, pero sin duda me voy a divertir ganándole muchas batallas, pues para ello tengo al mejor ejército del mundo: mis hijos, mi esposa, mi madre, mis hermanos, mis carnales Hormigón, Mortero, Puñal, Cucho El Roto y Eduardo, mis amigos, las amigas y un sin fin de “efectivos” que harán de esta contienda “la madre de todas diabeticonfrontaciones”.
2 comentarios:
A la diabetes le vas a vencer en muchas batallas y, como la medicina avanza a pasos agigantados, en unos años podrás ganarle la guerra.
Animo Teporingo!
Prometo no ofrecerte nunca más chocolate, ni Coca-Cola, ni pasteles, ni la maravillosa crema catalana de Lari.
Esto lo ganamos juntos, con todos los miembros de Mortero y Hormigón.
Publicar un comentario