lunes, 19 de marzo de 2007

Qué fue primero ¿la gallina o el huevo?


Ponerse filosófico en estos días significa solo dos cosas: estás metido en drogas o cada vez entiendes menos el mundo que te rodea. Personalmente me encuentro en el segundo caso y con unas ganas cada vez mayores de caer en el primero, pues los trámites para vivir son cada vez más complejos.

Si compras un automóvil de media vida para sustituir el de extremo uso, los pasos que siguen para lograr que un papel confirme que en verdad ese vehículo es tuyo, pueden llevarte al extremo de quererlo regalar a la persona que más odies en el mundo o hundirlo en el primer lago que se atraviese en tu camino.

Cuando llegas a la compañía de seguros para obtener una póliza para tu juguete nuevo, te piden como requisito indispensable que presentes el registro del mismo a tu nombre. “Mire señor, primero tiene que ir a la oficina de placas para hacer el cambio de propietario y después regresa con los documentos a su nombre y ahí hacemos lo que usted quiera”.

Muy bien, vamos pues a la oficina de placas para solicitar los cambios pertinentes y para mi sorpresa, lo primero que te piden es… ¡el seguro del carro! Volteo para todas partes, busco la cámara escondida detrás de un ventilador, arriba de un espejo más sucio que el pelo de la gorda que atiende detrás en un mostrador despintado en el que se lee lo que podría ser una disculpa en un cartón que reza “In God We Trust”.

“Oiga, pero en la oficina de seguros me dicen que debo llevar primero el registro del vehículo para poderme dar una póliza”. La gorda me mira con más odio que a un anuncio de dietas y tratando de contenerse me revira “pues lo siento, pero si usted no tiene un seguro, no podemos darle el registro de un vehículo”.

Casi siento ganas de sentarme a llorar como cuando me regañaba mi madre con su argumento contundente de “porque así son las cosas y te aguantas”. Con una lágrima driblando a la niña de mis ojos y la bilis a punto de derramarse, le pregunto a la gordis qué carajos puedo hacer para andar legalmente al volante de un auto que manejo desde hace dos meses.

Le da una mordida a la baguette que tiene junto al teclado y me hace una señal de que la espere mientras mastica. Para mi desgracia en ese momento mi hija de dos años comienza a llorar fastidiada por el calor, por los minutos de espera pero principalmente por el pedo que alguien se ha tirado y que termina casi por derramar mi lagrimita dribladota. ¡Pobre de mi pequeña, se debe estar asfixiando.

Cuando estoy a punto de mandar todo a volar y a la gorda a rodar, ésta traga el bocado, toma un poco de gaseosa (seguro que fue ella la de la flatulencia), y me pregunta si la niña que llora viene conmigo. Asiento con la cabeza pero le advierto que de ella ya tengo el registro y también el seguro.

Mi ironía le hace gracia y me llama para que me acerque, “mire, le voy a hacer su trámite para que ya se vaya y su criatura se calme ya, pero esto no se hace así, que le quede claro”. En seguida me pide mi licencia, me cobra los honorarios correspondientes, me indica que en 15 días me llegará el documento oficial y que hasta enmicado me dará el registro.

Cargo a mi hija en brazos, salgo en busca de aire puro que nos libere del pedo de la gorda, pero sobre todo salgo aún con la duda, qué es primero ¿el seguro o el registro?

1 comentario:

Joaquin dijo...

Pues tengo que felicitar a la oficina de inmigración de la Coral Way y la 118. Es el único lugar del gobierno que he visitado donde son amables, puntuales y tienen la oficina limpia.

Además, mientras me hacía las huellas para la base de datos del FBI para la residencia tuve que rellenar un papel con mi información. Para mi sorpresa solo el FBI tiene claro que solo hay cuatro razas en el mundo y que Hispanic no es una de ellas, es un grupo étnico.

En fin, que tampoco me hizo mucha gracia viendo donde está llevando el mundo la gente de mi raza, pero después de 11 años volví a ser blanco.